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«Nada te prepara para salir de tu hogar sin saber si vas a volver»

Por hollisterclothingoutlet 05/04/2022 307 Puntos de vista
SERGIO GARCÍA Enviado especial. El Paso (Santa Cruz de La Palma)

Mientras la lava avanza inexorable por la ladera del volcán Cumbre Vieja, la zozobra hace estragos entre un población que asiste con impotencia a la destrucción de una vida de trabajo y sacrificio. Todoque, una localidad desconocida para cualquiera que no sea vecino de La Palma, era este martes sinónimo de desolación, de pérdidas millonarias y de ruina total; de vecinos cargando sus furgonetas con electrodomésticos, muebles, bolsas de ropa y hasta animales, en un intento desesperado por hurtar al infortunio lo mínimo con que volver a empezar, nadie sabe cuándo ni dónde. 1.300 han quedado en la calle.

«El primer sentimiento que me asalta por la mañana es la certeza de que, por mucho de que el hombre transforme el medio, es la naturaleza la que decide». Manuel Rodríguez es vecino de El Paso y asiste, estremecido, a una tragedia que muchos no dudan en calificar de «espectáculo», pero que a él le tiene sumido en la desesperación. Este martes, desde la vecina iglesia de Tajuya, el mirador donde se arremolinaban los periodistas, repasaba con la mirada un escenario irreal, cubierto de un manto de 'picón', como llaman en la isla a las cenizas que se cuelan por las comisuras de los labios, se enredan con el pelo, resecan la garganta. Todo ello mientras el volcán se retuerce entre explosiones y un rugido lejano como de tormenta que descarga con furia, fumarolas que se elevan sobre el valle y un desasosiego que va más allá de las palabras.

Manuel tiene miedo, no lo oculta. Es contratista, tiene una inmobiliaria, plataneras... También colecciona coches, algunos de época -«aunque esos los tengo en una finca apartada», suspira de alivio-. El lunes vino a rescatar dos de ellos, «más de 100.000 euros en coches», suspira. «La gente frivoliza con lo que está pasando, pero no se dan cuenta de que una explosión repentina nos puede llevar a todos por delante».

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Sabe que «residir aquí significa convivir con una calma tensa, es lo que toca cada 50 años». Y hace una reflexión, insólita para cualquiera que siga lo ocurrido a más de 2.000 kilómetros de distancia. «Espero que esto dure todavía algún tiempo, porque como se cierre en falso, la tensión acumulada que pone ya de relieve esos 25 centímetros de deformación que ha sufrido el volcán, reventará buscando alivio por donde menos se espera, quién sabe si amenazando zonas más habitadas».

«Nada te prepara para salir de tu hogar sin saber si vas a volver»

Silvia, su vecina, mira por la ventana de su casa angustiada. Vive en un sin vivir desde que hace un mes un pavoroso incendio destruyó la casa de su padre, matando a los animales de la granja. «Y ahora esto, no va a acabar nunca», susurra con la emoción pugnando por romper los diques que se ha impuesto. No es la única.

Miles de personas sufren con cada sacudida, que mina sus propiedades, su modo de vida, su futuro. Las autoridades hablaban este martes de que 1.300 habitantes habían abandonado Todoque, donde el magma se abre paso por cultivos, piscinas incandescentes y hasta colegios. La ruina total. Porque a nadie se le escapa que de poco sirve una escritura de propiedad si el terreno sobre el que se levanta es un cementerio de escorias, irrecuperable por décadas.

«Hay mucho dolor. Gente con dos casas que no puede entrar en ninguna y que asiste, impotente, al avance de la lava»

Ana Cecilia Nasco lo relataba este martes desde El Fuerte, el antiguo acuartelamiento donde aguardan los más damnificados. Mayores, niños, personas con discapacidad o, simplemente, gente que no cuenta con un familiar que les acoja en un trance como éste. Es duro, relataba, «salir de tu casa sin saber si podrás volver a ella algún día. Nada te prepara para eso». En Puerto Naos, los vecinos entraban este martes en grupos de cuatro con la consigna de permanecer allí no más de 10 minutos para salvar lo que buenamente pudieran llevarse. «¿Qué me llevo?», repetía ella este martes, bloqueada.

Una macabra lotería

Alexis es taxista y lleva días llevando a los evacuados a los lugares que han sido su hogar durante décadas y que ahora participan de esa macabra lotería. «Hay mucho dolor, gente con dos casas que no puede entrar a ninguna y tiene que gastar lo poco que ha salvado alojándose en un hotel». Vigilan el avance del fuego, agarrados a la esperanza de que la colada de lava sortee sus hogares. Enmudecidos. «Mi hijo tiene 17 años, pero el lunes me llamó aterrado. Un terremoto de 3,8 grados zarandeó la casa, tiró vasos por el suelo, abrió la puerta del horno... Él, al menos, tiene casa. Peor lo lleva su sobrino, que trabaja en El Paso, pero vive en Tacande, otra de las zonas donde los equipos de emergencia han prohibido el paso ante el riesgo de que sea pasto de la lava.

En medio de la tragedia no faltan los que se acercan con una cámara para inmortalizar el cataclismo. Como Tony García, un jubilado tinerfeño al que lo ocurrido le provoca sentimientos encontrados. «No es venir a disfrutar de una desgracia, sino de un espectáculo de la naturaleza que es digno de ver», desliza. O Adriana Paternó, que ha dejado por unas horas el bar donde trabaja para asistir a un fenómeno «que solo se ve una vez en la vida».

La experiencia, sin embargo, no resulta como ella se esperaba. «Tengo una angustia en el pecho... Estoy pegada», desliza mientras muestra en sus manos las cenizas que lo impregnan todo. Mientras, a lo lejos, el volcán vomita toda su furia.

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