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Xentennials: los jóvenes que eligen la X en el género del DNI

Por hollisterclothingoutlet 20/10/2022 130 Puntos de vista

Un hombre: ¿qué es? ¿Y qué es una mujer? Durante años la cultura dominante (no sólo en Occidente) se encargó de dejarlo claro. Por un lado, los hombres no lloran y son valientes; les gustan los autos, el fútbol y el color celeste. Por el otro, las mujeres deben ser princesas que además cocinen, laven los platos, críen los hijos, se mantengan flacas y se identifiquen con el color rosa. Todo lo que no se ajuste a esas normas es considerado raro. En algunos países incluso puede tornarse ilegal.

Fue tal la fuerza de esa idea que crecimos convencidos de que no era una construcción cultural, sino nuestro ADN el que nos decía cómo debíamos comportarnos, vestirnos, pasar por esta vida, siguiendo el ritmo que nos indicaba lo que colgara –o se hundiese– entre nuestras piernas.

Pero siempre existieron personas que se rebelaron. El rechazo a dividir el mundo entre lo que conocemos como “hombres” y lo que conocemos como “mujeres” existió desde que el mundo es mundo. Más allá de las calificaciones y las teorías: ¿de qué género era, por ejemplo, Chavela Vargas? ¿Acaso importa cuando nos rendimos ante el lamento profundamente humano de su voz? “No se nace mujer, se llega a serlo”, dijo alguna vez Simone de Beauvoir.

Ser mujer, igual que ser hombre, es una construcción cultural, una manera de etiquetarnos para organizar nuestra vida en comunidad. En los últimos tiempos, gracias a la ola feminista y las reivindicaciones del colectivo LGBTIQ, los muros agrietados de la sociedad regida de este modo por fin parecen desmoronarse.

La humanidad transita el siglo XXI decidida a repensar si esas categorías binarias todavía sirven en una sociedad que ya sufrió demasiado forzando la idea de un mundo dividido entre el color celeste y el color rosa. Países como el nuestro, que desde este año permite tramitar un Documento Nacional de Identidad (DNI) con una X, pero también Australia, Bangladesh, Canadá, India, Nepal, Nueva Zelanda y Países Bajos, así como algunos estados de los Estados Unidos, reconocen al género no binario. Y son las personas más jóvenes las que hoy levantan con orgullo la bandera que otres, antes que elles, trajeron con sangre, sudor y lágrimas hasta nuestros días.

Viva reunió a cuatro “centennials” que cuentan por qué y cómo llegaron a decidirse por la X para su documento, en lugar de la M de Masculino o la F de Femenino en la sección Sexo.

Fran, o el placer de fluir

“A medida que crecía, se hacía más grande mi incomodidad frente a la gente que me trataba como una mujer. Sentía mucho dolor, incluso físico. Me dolía la panza, tenía ataques de ansiedad. Es muy doloroso no saber quién sos o saberlo y que los demás te lo nieguen”, cuenta Fran, veinticuatro años, estudiante de Comunicación Social con deseos de dedicarse a la literatura.

Nació en Tandil, pero vive hace años en La Plata. La primera en saber que Fran ya no se identificaba con el pronombre “ella” fue su hermana menor, artista y música, que también había tenido una relación conflictiva con la idea de ser una mujer tal cual la espera la sociedad. “Las etiquetas pueden servir para definir, pero no pueden limitarnos”, explica Fran, que hace años escribe un diario donde siempre quedó clara su incomodidad con los géneros binarios.

En su infancia le gustaban las chicas y pasó la adolescencia ocultándolo. Debió esperar un buen tiempo antes de aceptarlo y darlo a conocer, pero había algo más: se veía “muy minita” y no era así como se sentía.

Hace un par de años convivió con un chico trans (asignado mujer al nacer) y eso hizo que empezara a mirar películas, leer teorías, juntarse con gente diversa, y darse cuenta de que había otras formas de estar en este mundo.

Empezó un proceso de reconstrucción: se rapó la cabeza, usó una faja para aplanarse el pecho, cambió su forma de vestir y construyó una identidad que tampoco podía ajustarse a la idea de “varón”. “Es difícil tener una identidad no binaria –dice–, porque tu único modelo sos vos”. Su proceso fue muy solitario; las personas a su alrededor insistían con ver una mujer donde no la había. “La identidad es un espectro, igual que la sexualidad”, dice Fran, que va abriéndose caminos a medida que experimenta, se anima, prueba y comparte.

Xentennials: los jóvenes que eligen la X en el género del DNI

Sus padres son ingenieros en sistemas y apenas transitan los cuarenta años, pero la juventud y la actitud moderna de ellos no fue suficiente para que se animara a contarles quién era realmente. “Tardé mucho en decirles. Sentía que, sobre todo a mi mamá, le iba a romper su burbuja de sueños, su ideal de tener tres hijas mujeres”. Tardó casi un año de dolores del alma pero también del cuerpo en enfrentarla y decirle que se identificaba con pronombres neutros como “elle”.

A pesar de los avances y de que el mismo Estado avala la existencia del género no binario, habitar estas identidades es inseguro. “Raparme la cabeza, dejarme los pelos de las piernas o de las axilas, usar ropa no femenina, son todos aspectos que a algunas personas les genera violencia”. Nada más alejado de la sonrisa de Fran, de su mirada franca y abierta, de la alegría con la que cuenta lo mucho que disfruta ser libre para ejercer su identidad y su sexualidad como desea.

Bel, o el poder de la confusión

A sus veintiséis años, a Bel no le molesta que a veces la llamen Belén. Hace unos años que se “draguea” (usa ropa de hombre) para un show donde se parodia los comportamientos masculinos establecidos. En gran parte, esa experiencia escénica fue la que impulsó su búsqueda en la vida real.

Nació en Lobos y siempre le costó habitar la construcción cultural que conocemos como “feminidad”. “Me di cuenta de que no me cerraba ser mujer, pero tampoco me cerraba ser una lesbiana que siguiera la norma binaria. Ahora, habitando las posibles identidades no binarias, me siento mejor conmigo y con la idea de lo que sea que son la feminidad y la masculinidad, esas cualidades que aparentemente son opuestas”.

Como en todos los casos, se trató de un proceso lento que necesitó del apoyo de la familia. “Mi mamá me preguntó claramente qué era yo, mi papá entiende y va fluyendo entre pronombres y mi abuela siempre está ahí, igual que mi hermano, que me acompaña en mirar con otros ojos las posibles masculinidades”.

Actor, pocas veces actriz, performer e intérprete, Bel también escribe teatro, y eso le permite revelar lo que siente, lo que le pasa y cuál es su felicidad. “El acto de escribir es revelador. Me ayudó a revelarme lo que siento, lo que me pasa, y cuál es mi felicidad. Las palabras encierran y al fin no nombran nada, pero son necesarias para dar luchas y conquistas”.

Siempre luchó con la idea de aceptar, ceder y obligarse a verse como una mujer. A veces se siente trans no binarie (se percibe como un varón con características que no coinciden con lo que entendemos por “masculino”), otras veces fluye entre varón y mujer y otras es agénero, es decir, prescinde de cualquier etiqueta.

En su caso, usa todos los pronombres. “A veces me nombro y me nombran y siento incomodidad. Algunas personas piensan :‘Ah, listo, es no binarie, entonces usamos el inclusivo y ya está’. Y también me genera incomodidad vivir en un mundo normalizado. O que personas me transmitan en actos la incomodidad propia de no saber cómo nombrarme, por temor. Todo está binarizado y sexualizado desde una perspectiva varón-mujer. El mundo no se banca mucho los procesos ni las búsquedas elegidas que implican no saber. O la mutabilidad. Eso duele. Pero la confusión es algo hermoso y lleno de potencia”.

Mito, ni barba ni vestido

“No podía fingir todo el tiempo ser hombre. Estar en una cocina trabajando y que pensaran que era chabón”, dice Mito, que alguna vez trabajó en la cocina de un restaurante y solo escuchaba heavy metal, y hoy, a sus veinticinco años, baila dance hall, canta lírico, corta el pelo y estudia management para artistas.

La búsqueda de una identidad más allá del binomio hombre/mujer empezó a sus quince, cuando su papá –ingeniero de origen venezolano– se fue de casa y con él, la imagen del patriarcado. Hasta ahí se consideraba varón, sentía atracción por las mujeres pero también por los hombres. Entonces se empezó a hacer algunas preguntas.

Asistió a charlas de género, conoció diversidades, aprendió la diferencia entre orientación sexual, identidad de género y expresión de género. “Cuando me preguntan qué soy, digo no binarie porque es un término paraguas que abarca distintas subdivisiones, pero mi género fluctúa: puedo ser varón cis, mujer trans u otro género que ni siquiera me pregunté”.

La forma en que Mito se muestra ante los demás es independiente del género o de su orientación sexual. “No tengo por qué comportarme como los otros suponen que es una mujer o es un hombre –explica–. A veces me preguntan por qué si me considero mujer tengo barba y no uso vestidos, pero mi barba es una barba de mujer, y hay mil mujeres que no usan vestidos. No hay forma de hacer ver que soy fluide. Es como el agua, que se va a adaptando a distintos envases. Cuando me preguntan qué soy, es algo muy incómodo, porque muchas veces no lo sé. A veces soy ‘él’, a veces ‘ella’, a veces ‘elle’”.

Hijo de una madre conservadora, a Mito ya le costaba decir en su casa que salía con hombres, mucho peor cuando llegó con los labios pintados. También hubo amigos que insistían en hablarle de fútbol, autos y “minas”. Y parejas mujeres que buscaban un “chongo” que cumpliera con el rol asignado.

En estos años, su nombre de nacimiento fue quedando atrás hasta convertirse en lo que se conoce como un “dead name” (nombre muerto), así como sus formas binarias de caminar, bailar, hablar o tener sexo. “Todos esos son conceptos muertos en mí. Llevo una década matando partes de mí que me ataban al binarismo”.

Lejos de sentir pena por estas pérdidas, Mito transmite la sensación de que hoy es una persona mucho más libre que la que era cuando lo forzaban a encajar en conversaciones que supuestamente debían tener los hombres. Su caso es particular: no son muchos los varones de nacimiento que eligen su camino.

Cuenta: “En los hombres hay más resistencia porque cuando vivís en una sociedad que premia ser varón blanco, cis, heterosexual. Es fácil no querer correrse de ahí, por más que no seas feliz con las imposiciones que te tocan. Por eso espero que en el futuro no sea necesario preguntar si las cosas son para hombres, mujeres o no binaries, que también termina siendo un estereotipo en sí mismo. El género es importante, pero no debe definirnos”.

Marico, una galaxia de géneros

Marico nació en 1998 como una bebé que llamaron Maite. Hoy tiene veintitrés años y adoptó ese nombre que surgió de un juego en redes sociales. “Soy el menor de tres hermanos, nací en Colegiales, leído como mujer. Digo ‘leído’ porque fue una interpretación general impuesta. Tengo un registro de mi infancia en el que tengo bastante conexión con quién soy ahora. Depués, en la adolescencia, hubo más represión, y traté de encajar en lo que era ser una mujer para mí. Pero en mi infancia mi género fluía. Después vino la represión”.

La historia de Marico marca una característica que suelen compartir quienes abrazan el no binarismo: pasar años deshaciendo algo muy impuesto, que después llega a un reencuentro con la infancia.

“Tuve un hermano más grande y una hermana más grande, así que heredaba todo tipo de ropa y de juguetes. Tenía las dos opciones en mi casa y fluctuaba entre ambas. Por momentos me sentía una nena y por momentos salía de bañarme y me ponía la toalla alrededor de la cintura, como los varones”, cuenta. El cuestionamiento se fue ampliando: “Me hacía esas preguntas: ¿por qué había una forma de ponerse la toalla de varón y otra de mujer? ¿Qué me tapaba si no tenía tetas? Y también me preguntaba por mi nombre, jugaba a que tenía otro”.

De madre terapista ocupacional y padre productor artístico, ambos transitando los cincuenta años, sus hermanos fueron un puente. Les marcaban el error cuando insistían en nombrar a Marico como su hja. “Es importante tener aliados que te hagan algunas conexiones, ni hablar si son dentro de la familia. Mis hermanos me ayudaron mucho para que mis padres se acostumbraran. Mi hermana llamó a mi papá y se lo dejó en claro: ‘Tratalo en masculino y no preguntes nada’”.

Marico se identifica con los pronombres masculinos y neutros y, según cuenta, en la calle lo interpretan como un varón. “Elijo verme como un chico para que no me confundan con una chica, pero hay gente que no rompe tanto, que sigue luciendo igual, y tiene que afrontar todo el tiempo que los otros te nieguen quién sos”, dice este actor, streamer y poeta que publicó el poemario Futuro problema y participó del último videoclip de Nikki Nicole.

“Es mucho trabajo estar todo el tiempo aclarando, pero hay un gran alivio en que los demás me traten como soy y como me siento. Era muy forzado responder a lo que la sociedad esperaba de mí como mujer”, dice Marico.

Y agrega, quizás, una de las reflexiones más necesarias para una sociedad acostumbrada a etiquetarlo y simplificarlo todo: “Lo importante es entender que todos podemos ser no binarios. No es algo que solo les pasa a los demás. No hay una línea en donde de un lado está el hombre, en otro la mujer y en el medio los no binaries. Es mejor pensar en una galaxia donde hay una estrella hombre, una estrella mujer y muchas otras alternativas”. Su conclusión nos interpela a todos: “ Siempre me pregunto qué pasaría si cuando somos chicos no nos obligaran a responder a los mandatos de género, si nos permitieran elegir nuestras opciones. Seguramente todo sería más natural”.

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