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Mundos íntimos. Pesé 770 gramos al nacer: ¿qué queda en mí del bebé prematuro que fui?

Por hollisterclothingoutlet 01/04/2023 919 Puntos de vista

Mi mamá fue al baño y olió algo raro. Raro en todos los sentidos. Olor que no es pis, pensó. O no pis común. Es pis, sí, pero con líquido amniótico. Era riesgoso, ella presentía una fisura de bolsa, pero estaba equivocada: la bolsa, sencillamente, estaba rota. Los días pasaban y el líquido disminuía. Ella, entonces, pasó a reposo total.

“Nacer va a nacer, lo que no estoy muy seguro es que sobreviva”. Esas fueron las palabras del obstetra. Eso tuvo que escuchar mi madre. Ella, fiel a su estilo, perseverante, energética, dejó el comentario de lado y siguió en reposo. Poco líquido, contracciones que aumentaban: y yo que, para ella, pedía auxilio. Pedía salir.

A las cuatro de la mañana del nueve de mayo de 1995, Maxi –en ese entonces papá de Melody, de tres años, y a la espera de ese bebé que sería yo– la llevó a su esposa a internarse en el Sanatorio de La Trinidad, en Palermo.

Arrancaron los trabajos de parto natural que duraron doce horas: a las 16:04 dije hola al mundo por primera vez. Llorando con poco ruido. No tenía la fuerza suficiente. Nací hace 21 años atrás con veinticinco semanas de gestación. Sin todo el avance de la tecnología que tenemos hoy. Un parto normal tiene de treinta y seis a cuarenta semanas. Medía 30 centímetros. Entraba en las dos palmas de la mano. Pesé 770 gramos. El peso promedio de un bebé es de dos kilos y medio. Un bebé considerado pequeño pesa menos de dos kilos y medio. Uno grande, más de cuatro. Yo era menos de la mitad de uno considerado pequeño. Imagínense a un león al lado de un conejo.

Los primeros días del prematuro son los más complicados. Tenía un respirador que hacía lo que mis pulmones no podían. Sonaban alarmas todo el día. Desde ese momento, cualquier alarma –de auto, de casa, de lo que fuere– me arruinaba el día, me sacaba de quicio. Me hacían llorar.

En ese momento, desde el día dos, me hacían radiografías para ver cómo estaban y qué tan desarrollados tenía mis pulmones, uno de los problemas principales. El doctor Néstor Vain, Jefe del Servicio de Pediatría y Neonatología, estaba en un congreso cuando nací. Al tanto de todo, llegó y miró las radiografías. En cierto modo, era como verme a mí durante los días en los que él no estuvo. Lo primero que les dijo a mis padres y a su equipo fue que no era muy optimista conmigo. Que por supuesto iban a dar todo, lo mejor, como lo hacían con cada bebé. “Esperamos que mejore con el tiempo. Es una situación complicada”.

Entonces ellos hacían todo lo que estaba a su alcance. Y yo, respondía.

Mi nombre es raro. Me pusieron Michael porque mi viejo era fanático de Michel Platini. Mi vieja –pensadora del futuro– no quería: decía que me harían bullying. Quedó Michael –pero pronúnciese, después de la negociación, Mikael–, un intermedio entre Michel, Micaela y Michelle.

Mientras estuve en la incubadora, sin embargo, me llamaron Juan.

Nací con tanto tiempo de anticipación, que mis papás no tenían el nombre decidido. Durante mucho tiempo sentí que era más Juan que Michael. Me lo habían puesto las enfermeras. Casi todos eran Juan, Diego, José. A ellas les gustaban las cosas sencillas. La vida, por ejemplo. Y en mi sala, la de los prematuros, tal vez era importante afrontar las cosas como un Juan.

El problema durante los primeros meses de incubadora fue que mis pulmones tenían muy poco desarrollo. Durante un cumpleaños, muchos años después, mi mamá me mostró un globo desinflado que tenía que inflar para decorar y me dijo, detenidísima: así eran tus pulmones.

Al día veinticinco, llegó la operación. Había que cerrar el ductus para que la sangre llegara mejor al corazón y al pulmón. Me abrieron en el costado izquierdo. La cicatriz era de dos centímetros y fue creciendo conmigo hasta ocupar, hoy, la mitad de mi espalda. En verano, en la pileta del club, con la espalda en público, el hermanito de un amigo me preguntó qué me había pasado. Riéndome, le contesté que nací con un hermano siamés que ahora vive en el exterior. Se río y se la creyó.

Mundos íntimos. Pesé 770 gramos al nacer: ¿qué queda en mí del bebé prematuro que fui?

Me gustaba inventar historias sobre mi historia. Para no contarla. Me daba vergüenza en cierto modo; pensaba que la gente no me iba a creer. De hecho, hay algunos que no me creen. Cuando digo cincomesino piensan que me confundo, que es sietemesino. Pero no.

Hace poco tuve que viajar a Nueva York. En una tarde libre, salí a comprar ropa, cosa que casi nunca hacía. En el probador, un sistema de dos espejos enfrentados me permitió ver la cicatriz en todos su esplendor. En perfecto detalle. Me vi como quizás me veían en algunas piletas o en el pospartido de los sábados cuando me sacaba la remera. Creo que fue la primera vez que me pregunté, en voz alta, qué había sido todo eso. Qué era lo que había vivido que otros no.

Vivo la vida como si estuviera internado. Día a día. Minuto a minuto.

Si hay algo que tengo de ese Michael, rodeado de cables y amor, son las ganas de vivir y de cuidar la vida. Sé lo que tuve que pasar por conseguirla, también sé que es una sola. Por eso la valoro.

Los deportes siempre me gustaron (más mirarlos que jugarlos). Practiqué de todo, fútbol, tenis, natación, boxeo. Mi resistencia física era muy mala y me agitaba mucho al correr. Sentía que mi corazón, más que latir, estaba salido de lugar. Jugaba al fútbol en el club, pero no era de los mejores. Casi ni me ponían. Terminé yendo a entrenar más por una cuestión social. Hace poco me preguntaron si alguna vez había tenido yeso o algo de ese estilo. Dije que no, que nunca me había pasado nada. Mi sueño frustrado era tener un yeso para que todos me escribieran, pero siempre salí ileso. Y ese día entendí por qué: siempre evité lo más que pude el contacto físico. Prefería perder esa pelota que perder un hueso, o que me pasara algo. En el fondo, pensaba más en mí que en el equipo, pero en ese momento no lo sabía. De algún modo, también, tenía el síndrome de la incubadora: tenía que protegerme.

En la secundaria tuve dos problemas: uno, que era medio vago. El segundo, que no fumaba marihuana. Mis compañeros esperaban que tocara el timbre de salida y corrían para la vía del tren directo a fumar. Yo no podía. De solo pensar en el daño de mis pulmones, me mareaba. No era paranoia: siempre estaban en estudio, de médico en médico, siempre con los por esto y por los otro, los por si acaso y los tené cuidado.

Mis compañeros no entendían mis pulmones. Me invitaban, pero yo siempre me negaba. No era que fuera purista, tenía temor de que me afectara de más, como si nunca dejara de ser prematuro. Lo mismo me respondían ellos cuando les pedía ayuda con alguna tarea que me olvidaba: “Rajá de acá”. Quizás porque por esa idea de cuidarme demasiado les parecía un poco raro. Conté las veces por año que me tiraron la frase. Terminé el secundario con unos mil setecientos.

Sentía que había cosas de la vida que se hacían solas. Elegía mirar para otro lado. Por ejemplo, los platos después de comer. Se levantaban solos y se lavaban mientras yo me iba al cuarto a usar el celular. Esa sobreprotección por parte de mi madre era notoria. Podía pegarme un grito o traerme de los pelos para que los lavase, pero no me decía nada. No había que romper el milagro llamado Michael.

Desde mi cama, solía escuchar los reclamos de mi hermana para con mi mamá. “¿Por qué a él no le decís nada y a mí sí?”. Repetía la pregunta una o dos veces. Decía que era un injusticia, y tenía razón. Yo, sabiendo que estaba en falta, me aprovechaba de esa situación privilegiada, de ser casi un intocable, sin haber hecho casi nada.

Siempre tuve una pésima motricidad fina. Hasta el día de hoy, medio en chiste, digo que nací con algunas fallas. De chico, tenía que ir a Deborita, así le decía a mi psicomotricista. Mi tío abuelo, Chiche, me llevaba en un taxi hasta Coronel Díaz y Paraguay. Ahí estaba dos horas. Dibujaba, tirábamos al aro de básquet en un mini aro, hacía ejercicios con cordones, origamis, recortaba papeles con tijeras.

De a poco fui yendo cada vez menos. Eso no quiere decir que ahora tenga buena motricidad. Para mí, atarme las zapatillas doble nudo es una acción que me puede demandar todo el día. Los celulares me duran seis meses: se me caen y chau pantalla. A la basura. Me paso horas tratando de conectar un pendrive. Ni hablar de abrir un preservativo o desabrochar un corpiño. Era humillante ir a prender la luz y así todo, no poder lograr abrirlo.

Salió de mí, un poco, romper con el confort. Salir de la incubadora. El año en que empecé a estudiar publicidad y a trabajar en una agencia, conecté con mi historia, tomé otra dimensión de los hechos. Primero, un día a la salida del trabajo, visité la sala de Neonatología del sanatorio donde nací. Creo que cancelé una cita o una reunión de amigos y me fui a recorrer cada pasillo, saludar a cada enfermera que me reconocía a mí o a mi mamá. Ella me acompañaba pero nunca quería entrar a la sala. Le quedó una especie de trauma. En la sala me gustaba ver a los bebés en su mundo y a sus respectivos padres en el suyo. El silencio. Los cables. El amor. Las ilusiones mezcladas con olor a desinfectante. Ahí, mi garganta se cerraba. Miraba con detenimiento las incubadoras y a los bebés.

Yo estuve ahí, pensaba.

Ahí fue que conocí a unos padres. La doctora Ceci que estaba a mi lado, me presentó. Ellos, sorprendidos, y yo, también. Les expresé todos mis deseos, les conté lo que había vivido yo y cómo vivo hoy. Soy un chico normal, estudio, trabajo, como un asado, juego al fútbol, lo que vos quieras, le dije.

El padre se rio. Quizá fue su primera risa del día. Solo, desde el alma, me salió decirle: imaginate cuando tu hija venga a saludar como vine yo hoy. Al ver la sonrisa automática de ambos padres, me di cuenta de que por primera vez hice una buena acción sin que nadie me lo hubiese pedido, sin que mi mamá me pidiera lavar los platos. Me sentí pleno. Lleno de gratitud. Encontré, en esa frase, lo que más me gusta hacer: aportar una cuota de luz. A la vida de las personas. Y, en última instancia, a la mía. Nos saludamos con un abrazo.

Seguí yendo y seguí conociendo historias. Charlé con dos padres no videntes que tenían una beba prematura vidente. Valoré su fuerza y valentía. Yo admiraba a esa gente.

Un día estaba almorzando solo en un bar, haciendo tiempo. En la mesa de al lado una chica, hablaba por teléfono. Decía: “Pedro está muy bien. Mejorando. Aumentó 700 gramos y ahora pesa 1.600. Estoy feliz”. Supe que Pedro era su hijo y que era prematuro. Me imaginé a mi mamá en un café, veintiún años atrás en el tiempo. Llamando a mi papá por teléfono y contándole las novedades del día. A su lado, un joven ex prematuro con la posibilidad de decirle algo. Transmitirle un mensaje. Al menos contarle que nació igual que su hijo. Pienso que a mi mamá le hubiese encantado: le hubiese servido.

Con la voz quebrada, le hablé. Le brindé mi apoyo. Hablamos bastante. La mujer sonreía. Yo también.

Hace poco, en un asado familiar, a mi abuela se le cayó el teléfono. ¿Viste?, no sos el único, me dijo. Inmediatamente le pasé el dato donde podía, llevando el aparato, pagar poco y llevarse uno nuevo. Ella se rio. ¿Viste? Insistió. Qué, abuela, le dije. Eso, siguió: que las alarmas te sirvieron. Se te romperán las cosas, pero tenés una alarma adentro. Tenés siempre la solución.

Ahí, tranquilo, me saqué la remera y me tiré a la pileta. Hacía frío, pero qué importaba.

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Michael Josch tiene 21 años. Algunos dicen que es una persona creativa pero a él no le gusta el término “creativo”. Piensa que todos lo son, sólo falta encontrar la veta. Es fiel a sí mismo con lo que piensa, siente y hace. Vive “en línea” en Whatsapp y lo incorpora, casi, como un estilo de vida. Estudió Publicidad en la Escuela Superior de Creativos Publicitarios y trabajó en dos agencias. Hoy es socio de una agencia de comunicación digital. Como hobbie hizo shows de Stand Up. Aprendió a reírse de las cosas cotidianas pero sobre todo, de sí mismo y descubrir una faceta vulnerable en él. Escribe desde hace seis años y actualmente está terminando una novela que se va a llamar “Cincomesino”. Narrar historias sobre su pasado se volvió una actividad sanadora. Es su principal forma de expresar lo que le pasa. Michael vive en Buenos Aires.

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